Qué significa lavar los pies en una boda

Lavar los pies del cónyuge en una boda es un acto que tiene lugar, la mayoría de las veces, en ceremonias de carácter cristiano. De hecho, las primeras referencias acerca de este hospitalario gesto están recogidas en distintos pasajes de la Biblia. No obstante, en dichas escenas no eran futuros esposos los que se lavaban los pies mutuamente: solían ser honorables hombres —anfitriones ricos, santos, el propio Jesús de Nazaret, etc.— quienes se postraban ante peregrinos u otras personas desfavorecidas y, normalmente, de estratos sociales más bajos —pobres, enfermos, pecadores, etc.— para ejecutar el lavatorio.

Aunque lavar los pies del prójimo nunca ha sido considerado por el Cristianismo un ‘ejercicio oficial’ u obligatorio en ningún tipo de ceremonia, todas las ramas de dicha religión —salvo el luteranismo— lo han defendido y practicado a lo largo de los siglos. Sin ir más lejos, el actual Papa Francisco ha lavado los pies de mujeres y hombres en varias ocasiones durante eventos públicos, predicando así con el ejemplo y dando buena cuenta de la importancia de los valores asociados a este milenario gesto.

Simbolismo del lavamiento de pies en una ceremonia nupcial

Así, como puede suponerse, lavar los pies de la persona amada con quien está a punto de contraerse matrimonio es un acto que, en la actualidad, responde a motivos meramente simbólicos, todos ellos relacionados con el afecto y el amor que une a la pareja. Aunque es fácil imaginar qué significa el acto de arrodillarse, remojar y limpiar los pies durante una boda, a continuación detallaremos cuáles son los principales de esos valores —o interpretaciones o significados, si se quiere— que apuntábamos en el párrafo anterior.

Humildad

Probablemente, la humildad sea el primer valor que venga a la cabeza de cualquiera que piense en el gesto de lavar los pies de otra persona. El potente efecto visual es innegable, sobre todo atendiendo a la postura de los protagonistas mientras se ejecuta la práctica —uno sentado, con los pies y las pantorrillas desnudos, y el otro arrodillado en el suelo.

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Hospitalidad

Junto con la humildad, la hospitalidad es otro de los principales ‘mensajes’ que se pretende transmitir a la persona a la que se le lavan los pies. Estos dos principios son los que mejor encajan con los orígenes de la práctica cristiana.

 

Predisposición al servicio

Lavando los pies de la mujer o el hombre con el que estamos a punto de contraer matrimonio no estamos sino indicándole, de manera literal, que desde ese preciso instante y en adelante nos ponemos a su plena disposición.

Afecto atento

Aunque lavar los pies de otra persona no sea algo que requiera de una experiencia o práctica previas, sí es una tarea que requiere de cierta atención y una buena dosis de afecto. Dicho de otro modo, no podemos —o no deberíamos— lavar los pies de un ser amado mientras estamos realizando ninguna otra acción: es algo que conlleva consideración, implicación y delicadeza.

Confianza

Depositar una parte de nuestro cuerpo cuyo cuidado es tan importante como el de los pies en manos de otra persona es sinónimo inequívoco de confianza. En adelante y después del lavatorio, ‘caminar con los pies limpios por un camino recto’ se convertirá en una práctica habitual que llevaremos a cabo de la mano, con la ayuda y el apoyo permanentes de nuestro ser amado.

Amor incondicional

El lavamiento de pies, dentro de una ceremonia nupcial, es uno de los gestos que mejor ejemplifican la entrega y el amor incondicionales que prometemos a nuestro cónyuge. Es la escenificación condensada en una sola imagen de lo que será el matrimonio durante el día a día, en adelante y hasta que la muerte nos separe.
Dejar atrás el pasado para comenzar una nueva etapa vital

Por último, no podemos olvidar una de las interpretaciones más literales que pueden otorgársele a esta peculiar y bella práctica: la purificación. Lavar los pies de la persona que más amamos —y dejar que esta lave los nuestros propios— es una muestra de que nos despojamos de los ‘restos de polvo y suciedad del pasado’ —de los pecados, si se quiere—, de que nos perdonamos mutuamente por cualquier acto impuro y de que estamos preparados para comenzar una nueva etapa vital.